
Un viaje muy esperado.
Después de 25 años conseguimos vernos en Argentina. Desde Salta hasta Ushuaia, un viaje de 30000 km en 10 días.

¡¡El vuelo sale del otro aeropuerto!!
La llegada a Buenos Aires fue gloriosa. Según aterrizamos nos fuimos al barrio de San Telmo a comer en un local mágico. Parecía la parte trasera de un estudio de Hollywood lleno de atrezzo. Esculturas griegas, coches de fórmula 1 de la época de Fangio…
Por la noche Asado, por supuesto. Amigos, vino, empanadas hechas por un salteño. Fue tan especial la cena que nos equivocamos de aeropuerto y perdimos el vuelto que teníamos a la mañana siguiente.


3 días en Salta. Empanadas, mini bus y hojas de coca y bica!
Aunque perdimos el vuelo conseguimos llegar a tiempo para la cena. Teníamos una reserva en un restaurante situado en una colina desde la que se veía todo Salta iluminada.
A las 7:00 nos recogía el mini bus para dar comienzo a lo que serían tres días de paisajes increíbles, siempre flanqueados por los Andes, pueblecitos entrañables y copiosas comidas.
La primera parada fue en la garganta del diablo. Lo que más me impresionó fue una tortilla con queso que nos hicieron en una cabaña hecha de piedras y madera. Dentro tenían una piedra plana sobre una fogata a lo que llamaban cocina. Sobre esa piedra caliente cocinaron las mejores tortillas con queso que comimos en todo el viaje.
La Montaña de 7 colores.
4500 metros de altitud y hoja de coca y bica para el mal de altura.
Según íbamos subiendo a la Montaña nos íbamos midiendo el nivel de oxígeno en sangre como si fuera un juego. El día anterior ya nos habíamos abastecido de hoja de coca para el mal de altura. Durante todo el camino íbamos encontrando montañas con siete colores pero lo suyo era subir hasta la se encontraba a 4500 metros de altitud para ver como actuaba sobre nuestro cuerpo la falta de oxígeno y la hoja de coca. Cuando llegamos, tres valientes del grupo bajaron una cuesta, bastante inclinada, que bajaba la gente para luego probarse al volver a subirla. Muchos tenían que parar a mitad de subida durante minutos para recuperarse, nuestros valientes no. El mal de altura se puede empezar a notar cuando empiezas a bajar. De 4500 bajamos a comer a 3000 metros. En principio todos estábamos bien comimos opíparamente y a un compañero le dio por ponerse fino del licor de la tierra aduciendo que era el remedio local para el mal de altura. Le sentó fatal y liberó todo el mal que pueda hacer el mal de altura a esa altitud. Vomitos, jaqueca, mareos…


¡¡EL FARO DEL FIN DEL MUNDO!!
Tras una parada de dos días en Buenos Aires, con fieston incluido, volamos al fin del mundo. Ushuaia.
La imaginación se desborda. La primera vuelta al mundo. El estrecho de Magallanes y el canal de Beagle. El faro del fin del mundo y el Parque Nacional de Tierra de Fuego. Las Focas, la isla de los Pingüinos. El último paso antes del Polo Sur y la estafeta de correos del fin del mundo. No suena mágico?! Para nosotros sí.
Las vistas desde el avión al acercarnos al aeropuerto fueron impresionantes. Glaciares, canales, lagos y unas montañas picudas oscuras, casi negras, coronadas de nieve y que nacían muy cerca de mar.
Centolla Austral, Canal de Beagle y Naturaleza salvaje.
Nos acercamos al puerto de Ushuaia donde se encontraban los barcos de recreo para turistas y algún que otro barco destinado a expediciones al Polo Sur. Cogimos un crucero por el Canal de Beagle. El Faro del fin del mundo, la isla de los pingüinos, algunos peñones con focas. Una travesía de cuatro horas por el mar rodeados de montañas nevadas y fauna salvaje. Fue una experiencia que te une mas con la naturaleza y te entristece viendo el camino de destrucción que ha tomado el ser humano.
Esa noche teníamos reserva en un restaurante con influencias de cocina europea. Pero nosotros lo teníamos claro, Centolla, merluza negra...productos de la zona. La centolla nos sorprendió porque, lo que aquí llamamos "el carro", estaba vacío. Solo se comía la carne de las patas. La merluza negra es lo que los japoneses llaman Guindara o Black cod. Una textura laminada parecida a la del bacalao pero menos fibrosa, siempre jugosa.





ESE MUNDO, CADA VEZ MÁS PEQUEÑO.
Nos conocimos hace treinta años trabajando en el País Vasco. El restaurante estaba formado por un crisol de nacionalidades. Era un placer trabajar con cocineros de culturas gastronómicas tan diferentes. No hacíamos más que aprender y aprender. Y crear unos lazos emocionales que sobrepasaban las fronteras. Pero claro, el mundo era muy diferente. Todos llevábamos nuestras libretitas para apuntar los números de teléfono. Te comunicabas con tu familia por carta. Hasta hablar por teléfono era caro, no todos nos lo podíamos permitir. Y viajar fuera de españa para muchos de nosotros era una quimera. Recuerdo el día que despedía al loco argentino en el aeropuerto de madrid. Se me partió el corazón porque pensé que no volveríamos a vernos. Era difícil que la vida nos volviera a juntar. Pero por suerte el mundo cambió. Mejor conectividad a partir del 2008 y más barata. El precio de los vuelos y los viajes bajaron. Cada vez cobras más y tienes más tiempo libre. Et Voilà, rebrotó la amistad. Que nunca se perdió, porque otro de nosotros que era más viajón, se fue dos años a vivir a Buenos Aires e iba casi todos los años.
En fin, 30 años después pareciera que el mundo haya encogido. Los 20000 km de ir y volver, y los 10000 km que hicimos dentro de Argentina hace que en 10 días hiciéramos las 3/4 partes de la circunferencia de la Tierra por el ecuador. Si Julio Verne levantara la cabeza!!
Paris bien vale una cena.










¿Es tan caro comer en Paris?
La primera vez que pasamos por Paris fue de camino a Ámsterdam en el año 2002. Estábamos tan pelados que no podíamos comer en ningún restaurante. Comprábamos algunos quesos, unas ensaladas preparadas, pan, unas cervezas y nos los comíamos debajo de la Torre Eiffel, en la plaza de la catedral de Notre Dame o en los jardines de Las Tullerias. La siguiente fue para la noche vieja del 2010. Esa vez fundimos la tarjeta de crédito. Dormimos cerca del barrio latino. Conocimos Le marmitón de Lutece, restaurante del barrio latino con un menú de 20 € con su sopa de cebolla y su solomillo pero sin bebida. Así conocimos el Beaujolais Nouveau. Acabo convirtiéndose en una tradición hasta el 2025. También descubrimos la cocina vietnamita en el restaurante Saveurs d’Asie esquina con el boulevard San Germán. Esos rollitos Nem, la ensalada de papaya verde, y la sopa Tom yum. El Cari Bo y nuestro favorito, el Bo Bum. Y la joya de la corona. En año nuevo fuimos a cenar a La Table de Joël Robuchon. De aquellas tenía dos estrellas michelin. Nos dimos cuenta nada más sentarnos que no eran dos estrellas al estilo de España. La distancia entre las mesas no era ni de un metro, y en el centro de la sala había un jamón ibérico cortado en forma de U. Parece ser que en Francia siguen valorando más lo que se come, que como y donde se come. Como los hosteleros andaban en guerra con el gobierno no te cobraban los impuestos, que en Francia por comer en un sitio de lujo son muy altos. No como en España que el I.V.A. por comer en un restaurante de lujo es el 10% y el de los productos de higiene femeninos o el teatro es el 21%. Eso nos pasa por no haberle cortado la cabeza a ningún rey. Con todo esto el menú degustación nos salía un 25% más barato por lo que decidimos regarlo con un Châteauneuf-du-Pape Telegraphe delicioso. Ya hace muchos años y los recuerdos se difuminan pero nunca olvidare el huevo mollet con caviar, crema agria y salmón ahumado. La súper sabrosa codorniz, con el puré de patatas con firma, que había hecho tantas veces. Y al japonés que teníamos sentados al lado, que no paraba de eructar el muy cerdo.
Como somos unos locos del ciclismo, a partir del 2015 decidimos ir todos los años a ver la llegada del tour a Paris. Ahí fue cuándo empezamos a conocer lo que nos interesaba de la ciudad a fondo. Cada año durmiendo en un barrio diferente. La Bastilla, le Marais, les Grands Boulevards, la Ópera, el Louvre, la Rue Rivoli...
Pasar tres o cuatro días al año en Paris en mágico. Un par de años al Louvre, otro año al museo D’orsay. El museo medieval de Cluny. La exposición de Tutankamom. La Conciergerie y la Saint Chapelle. Pasear por el Pėre-Lachaise y cambiar de sitio una rosa para ponerla en el memorial de los muertos republicanos en la guerra civil española. Sena para arriba Sena para abajo. Torre Eiffel, arco del triunfo, Grand y Pettit Palace. La Madeleine, La Opera y las galerías Lafayette. El Café Des deux Moulins, un poquito de Montmartre y el barrio Latino.
Con El Paso de los años fuimos descubriendo los Vietnamitas, dome comes por 20 €. O los Falafel, Pastrami y dulces del barrio judío donde comes por otros 20. Los cientos de locales de comida asiática para llevar. Y los Bouillon, las Brasseries y los Bistrós. Excelentes restaurantes calidad/precio, en los que puedes comer bien desde 20 a 80 euros, dependiendo de la calidad de local.
Todo esto me hace pensar que los tópicos son como el apéndice, no sirve para nada pero puede afectar a tu vida.
EN PARIS NO ES CARO COMER.



Korea del sur y Japón.
Agridulce de locura y serenidad.

Algunos viajes son por trabajo. Otros los hacemos con amigos o familiares. Pero en muy pocas ocasiones se dan las tres posibilidades juntas.
Nosotros tenemos la suerte de trabajar en familia sin consanguineidad y en amistad sin condiciones. Los años y las decenas de proyectos. Las estrellas Michelín y los malos momentos. Situaciones súper especiales y bajar a los infiernos. El trabajo duro, la confianza, el respeto y la humildad nos ha llevado a ganarnos la vida haciendo algo que hace veinte años no hubiéramos podido imaginar. Hoy esa manera de ganarnos la vida nos lleva a viajar por todo el mundo. Esta vez sería a Korea de sur y Japón.
Dos de nosotros salíamos de Madrid en tren hacia Málaga a las 9:00 de la mañana. Y nos encontrábamos con un tercero en el aeropuerto para coger el avión a Seúl con escala en Estambul.
Primero tus cuatro horitas y medida de vuelo a Estambul, donde nos pusieron unas berenjenas asadas súper buenas. En la Turkish Airlines siempre te dan de comer. Después tu escalita en Estambul en un aeropuerto catedralicio. ¡¡Pedazo de aeropuerto!! Allí nos encontramos con los Sres. Kaidan y nos dirigimos a una de las salas vip. Máquina de cañas automática, algunas cosas ricas que comer y un rato de relajación antes del vuelo.
Como es un avión de los grandes según entras a la izquierda se ven los asientos de primera donde se encuentra al Chef del avión plantado para saludar a sus clientes de la noche, a nosotros nos indicaron que hacía la derecha. La primera sala era para asientos premium. Súper butacones con el espacio adecuado. Y en la siguiente sala ya está animal class. Gracias a la Sra. Atsumaru teníamos asientos en salida de emergencia. El asiento de delante estaba a más de 6 metros, una locura. Al Sr. Rubio se le puso en la ventanilla un coloso de 2.10 m y yo en el lado del pasillo. Eso no le impidió dejar los 2m2 de suelo, que teníamos a los pies, con todo su ajuar de vuelo. Como la habitación de un adolescente. 26 horas después de salir de Madrid llegamos a Seúl y eran las 7:00 del día siguiente, empezaba la locura temporal.



Taxi, check in express y a cenar al mercado callejero de Myeongdong. Según bajamos del taxi había unos chavales fumando al lado de una señal de prohibido fumar, en Korea no se puede fumar en la calle, y me uní a ellos. Fumar se iba a convertir en una difícil misión durante el viaje.
Había decenas de puestos, pero nos bastó el primero para comenzar a probar su gastronomía. Brocheta de pollo teriyaki. Continuamos con unos Takoyaki, dim sum, calamar planchado, ebi panko, salmón teriyaki. Mucha comida, pero nada de beber. Solo pensábamos en tomarnos una cerveza. Cuando preguntábamos nos mandaban a callejones extraños con lugares oscuros para tomar alcohol. Al final lo conseguimos, pero no fue fácil.






A la mañana siguiente teníamos que atravesar el país de norte a sur para ir a la fábrica que nos suministra las algas.
Tres horas de tren más una hora y media en coche atravesando unos paisajes repletos de arrozales, montañas y llanuras con el verde como estandarte que te transmitía toda la paz que te negaba la luminosa ciudad. La fábrica estaba en un enclave idílico. Rodeado de las bondades del país más las plantaciones de cultivo de algas en el mar, emocionante.
Lo primero, quitarse el calzado y ponerse unas chanchas. Este ritual nos acompañará durante todo el viaje, incluso en algunos restaurantes. Una pequeña reunión y recorrido por la planta.
Nos enseñaron cómo hacían unos snacks suflados de papel de arroz con nori y polvillos. Estaban súper buenos. Por desgracia no era la época de fabricación y solo pudimos ver como empaquetaban las algas. Como en la agricultura, las algas también se cultivan y tienen estacionalidad.






“El alga nori se recolecta en aguas frías entre noviembre y diciembre. La primera cosecha, conocida como shin-nori o ichiban-zumi, es la más apreciada por su textura tierna y sabor. Gracias a su deshidratación, el nori prensado está disponible todo el año y conserva sus propiedades durante meses”.
Después de unos cuantos quita-ponte de chancletas, batas y escafandras nos llevaron a comer un menú degustación estilo asiático. Pruebas 10 platos diferentes sin necesidad de cambiarte 10 veces el servicio.
Tres tipos de kimchi diferentes. Encurtidos Agridulces de daikon y raíz de bambú. Unos cangrejos crujientes y picantes






Pepino con camarones secos y ensalada de lechuga y hierbas con aceite de sésamo. Un pescaíto seco y frito con katakuri ko. Hamburguesas a la parrilla de ternera y pollo especiadas con un tamal de arroz con frutos secos y pasas, buenísimo. Y para terminar una sopita miso con wakame.






Cuatro horas y media de viaje de vuelta al hotel a por las maletas y al aeropuerto, que el avión a Tokio sale a las 23:00. Tardamos casi el mismo tiempo en llegar a Seúl que el tiempo que pasamos en Korea.
Aterrizamos a la 1:00 y llegamos al Hotel Gracery, más conocido como el hotel de Godzilla, sobre las 2:30.
Un check in rápido y el Sr. Rubio y yo nos bajamos a buscar un sitio donde fumar un cigarrillo. En Japón también está prohibido fumar en la calle. Nada más salir del hotel nos abordaron una serie de afroamericanos estilo Brooklyn ofreciéndonos los favores remunerados de adolescentes disfrazadas de lo que supongo que gustará al público local. O peor, de lo que piensan que van buscando los turistas occidentales. En fin, prostitución fetichista a dos pasos de tu hotel en el centro turístico de una de las ciudades más idolatradas del mundo.
Veinte metros después vimos un local con música abierto a la calle donde los extranjeros bebían y fumaban con total impunidad. Lo hicimos nuestro sitio favorito antes de subir a dormir cada día.
Resulta que en Japón no puedes fumar en la calle. Habilitan zonas para que puedas fumar, pero están semi ocultas para que los transeúntes no vean a los apestados del tabaco desarrollando su actividad. Y sin embargo tienen derecho a dejar fumar en su local si lo creen conveniente.



A las 7:00 salíamos hacia el Fooma Japan, feria de máquina industrial, desde la estación del barrio, Shinjuku. Resulta que era la más concurrida del mundo.
Mientras mis compañeros compraban el billete yo le echaba un ojo a un Dean & Deluca. Esa tienda de comida y material de cocina que nos enseñaron el Sr. Momiage y la Sra. Yūki en aquellos viajes a La gran manzana.
Al subirnos al metro sufrimos lo que viven a diario los tokiotas para ir a trabajar, el espachurramiento absoluto. Y eso que en nuestra estación no había espachurradores profesionales. Los vimos en otras estaciones. No es una manera muy agradable de empezar el día.
De la estación a la feria quería fumarme un cigarro y vi un cartel de zona de fumadores con una flecha señalando detrás de una pequeña construcción de ladrillo como si fueran unos aseos. Gire la esquina y cincuenta japoneses ocultos de traje tragaban humo con desesperación. Como diría Obelix, “¡Están locos estos japoneses!”.
Muchísimas máquinas interesantes, unos rámenes y unas cervezas después y el Sr. Yamada nos llevaba a cenar a las seis de la tarde al famoso barrio de Tsukiji.



Empezamos con muchas cervezas y unas acelgas con sésamo. A la vez llegaron el atún teriyaki, el pulpo frito y el tori no karaage.



Le siguió un maki de atún, takuan y shiso junto con un plato por persona con dos piezas de akami, dos de chu-toro y dos de toro. Otros dos de toro flameados, dos gunkan de picadillo y tres piezas de maki. Queríamos atún, ahí lo teníamos. Y terminamos con una sopa miso rematadora. No podíamos pedir más que unas copitas de sake. Esos fueron nuestros primeros kan pai del viaje.
A la salida del restaurante entre risas y abrazos de despedida descubrimos una pescadería estilo años 80 en España, pero con unas cajitas de erizos, unos cortes de sashimis de pescados blancos, algunos cortes de atún y unas docenas de ostras que parecía el pedido del 90% de los restaurantes caros en España.






Como teníamos el jet lag loco perdío y no dormíamos ni 4 horas por noche, quedamos prontito para hacer una excursión al monte Fuji.
Salimos sobre las siete del hotel y de camino a la estación me despisté un momento y vi que mis dos compañeros se comunicaban con una simpática lugareña. Cuando llegué a su altura me dijeron que les habían ofrecido un masaje con final feliz. Que cosas tienen estos japoneses para desayunar.






Como cuando viajas tienes que hacer un poco de vida de lugareño nos comimos un atasco estilo Tokio de tres horas de autobús para hacer poco más de 100 km en dirección al Monte Fuji.
Aún siendo uno de los países más tecnológico del mundo, para los turistas que quieren darse una vuelta por la naturaleza, tienen las bicicletas eléctricas más cutres del planeta. Y si mides más de 1,80 m tendrás que pedalear con las piernas abiertas para no darte con el manillar. Además, como son tan respetuosos con el prójimo los conductores te pasan rozando. Daba la impresión como si para ellos fuese como un vídeo juego en el que cuantos más turistas tires de la bicicleta más puntos te dan.
Tras sobrevivir al paseo en bicicleta a las faldas del monte Fuji devolvimos los hierros con ruedas a una señora con muy mala leche japonesa y nos acercamos a unas casetas de madera, entre pueblo con encanto y tercer mundo, a comernos un katsudon humilde. Era lo único que tenían.






De vuelta a la gran ciudad nos acercamos al famoso callejón de los Izacayas Omoide Yokocho, donde por suerte para ellos no trabajan los inspectores de sanidad españoles porque sino estarían todos lo locales clausurados. El género a la vista sin refrigerar, sin salida de humos, sin medidas de seguridad... Además, aunque llegues el primero a un local de 8 sillas, tardarán 40 minutos en servirte. ¡¡40 minutos con 8 sillas!! Que pintoresco, que tradicional, que complicado. 40 minutos comiéndote el humo de las robatas y a codazos con tu vecino.






A la mañana siguiente turisteo total. El jardín imperial con el santuario Meiji, el cruce de Shibuya, la feria del orgullo gay y el templo de Sensō-ji con mercadillo y purificación con humo incluida.
No se si era fiesta o que los domingos se visten de gala, pero encontramos mucha gente vestida con trajes tradicionales incluso con trabajos antiguos como los carros tirados por un corredor vestido de época.










En fin, todo esto para llegar a uno de los locales de ramen más reconocidos de Tokio. Lo normal es esperar una hora para entrar a comer, pero no es una cola cualquiera. La cola la controlan dos trabajadores que te obligan a formar en fila de uno dejando los huecos de los parkings libres, dándote paso según avanza la cola y recogiéndote la basura que tengas en las manos. Porque amigos, en Japón no hay papeleras. Todavía no sabemos dónde tiran toda la basura que genera la comida callejera.
Según vas avanzando hay un momento en el que debes elegir y pagar tu ramen en una máquina a la entrada del local, así cuando te sientas ya saben lo que vas a comer. La base es para todos igual puesto que es un local de ramen miso. En mi caso elegí sin huevo, doble ración de panceta y con cilantro.
Cuando por fin entras en el local te encuentras con una barra para 12 comensales. Jarra de agua con hielo, vaso con palillos, dispensador de servilletas y babero por supuesto. Al estilo japonés tienes al cocinero pegando fogonazos con el wok a un metro y medio de ti, sin salida de humos y con todo lleno de chorretones de mierda. Eso si, te sientas y al minuto tienes tu pedido entre tus brazos. Literalmente, porque si bajas los antebrazos de la mesa le das al vecino con el codo.
Al contrario que en los rámenes que te comes en España con una rodaja de chasu finolis aquí ponen un taco de panceta de unos 100 gr cocinada a baja temperatura, una auténtica locura.
Nunca fui un enamorado del ramen. Siempre pensé que era un caldo con pasta, verduras, setas y las proteínas del huevo y el chasu, sin más. Pero me equivoqué. En primer lugar, el caldo tenía la textura suficiente para que los fideos lo arrastraran a modo de salsa. La panceta, cocinada a baja temperatura se deshacía al contacto con los palillos. El primer bocado de pasta con salsa, panceta y cilantro fue un orgasmo sensorial. Más de un minuto masticando las diferentes texturas, y con cada bocanada de aire explosiones de sabor. 20 minutos de sorbidas y sudores cambiaron mi opinión sobre los rámenes. Maximo placer por 12 € + 1 hora de tu vida. ¿Cuánto vale una hora de tu vida? Pues súmaselo a los 12 €. ¡Igual sale carísimo!






Tras un descanso obligado después de una larga mañana empezamos la segunda parte del viaje, los Srs. Bokushi llegaban de España para la hora de cenar. Un Usuzukuri de hamachi con ponzu y onsen tamago, huevo poche. Un okonomiyaki y unos nigiris de atún, de potro y vieira, de sardina y de unagi y tsubugai, caracol de mar.






Al día siguiente empezaba el viaje de verdad, íbamos a ver una máquina que cocía 250 kg de arroz de sushi a la hora. Es decir, una máquina que lavaba el arroz, lo cocía con agua y vapor. Lo mezclaba, con la mezcla de vinagre, mientras lo iba enfriando a la vez que un operario lo va sacando a barcas de 10 kg.
Para nosotros que un solo operario produjera 250 kg a la hora ya era una locura, pero lo más impresionante era la perfección con la que cocía y mezclaba el arroz. No había ni un grano roto. Todos los granos enteros, perfectos. Cada unos de ellos con la mezcla perfecta de vinagre. Hacia muchos años que no sentía en la boca esa sensación de poder contar los granos de arroz con la punta de la lengua. Me recordaba a los primeros años de Kabuki donde comerse un nigiri era una experiencia inolvidable. El contraste de temperaturas y texturas entre el arroz y el pescado. Se notaba la forma perfecta de cada grano de arroz al aplastar el nigiri contra el paladar, brutal.
La primera sala de unos 60 m2 tenía una grúa para llenar la tolva de de varias toneladas de arroz. También tenía una aspiradora gigante que absorbía el arroz de la tolva para que empezara el circuito de lavado, que empezaba en la misma habitación, pero acababa en la habitación de al lado donde se encontraba el túnel cocedero.
Ya en la otra estancia, de unos 100 m2, veías la parte final del sistema de lavado y la admisión de arroz en el cocedero. Según entraba el arroz en el túnel cocedero se formaba una capa continua de unos 25 cm de altura, la cual se iba cocinando con agua caliente espolvoreada desde arriba y vapor desde abajo según iba recorriendo la cinta hacia la zona de mezclado y enfriado. Este túnel de cocción media de 12 y 15 m y tardaba en recorrerlo unos 40 minutos.
Pasamos a la siguiente habitación donde encontramos otro túnel donde el arroz se iba enfriando con aire. Ademas pasaba por una palas y pulverizadores que lo iba mezclando hasta llegar al operario que lo iba poniendo en barcas de 10 kg. Alucinante
Durante todo este proceso observamos que todas las medidas de seguridad que en Europa te impedirían ver el funcionamiento interno de la máquina aquí no existían. Podías abrir cualquier ventanilla durante todo el proceso y la máquina no se detenía. Para poder usar este túnel de arroz en Europa habría que hacer un proyecto de ingeniería para modificar la máquina para que se adaptase a la normativa europea de seguridad.






Después de ponernos ciegos del mejor arroz de sushi que comíamos en años, nos llevaron a comer a un restaurante de esos que tienen un hueco debajo de una mesa baja para que metas las piernas y parezca que estás comiendo en el suelo, pero no. Me acabo de dar cuenta que en este tipo de restaurantes se ahorran las sillas, que en algunos casos son bastante caras. Cada uno se comió su menú. Tempura udon con un mini tomkatshu. Zaru soba con degustación de nigiris. El tonkatshu con su sopa miso y unos tzukemonos. El Sr. Rubio se pidió un menú con su carne a la parrilla, su tempura. Sashimi variado, tres tipos diferentes de tsukemonos, sopa miso y postre. Vamos, los que los cocineros llamamos una quiniela.






Tras un par de horitas de coche, de vuelta a Tokio, a coger el tren bala a Osaka. Lo más destacable, los butacones impresionantes de primera y el paisaje plagado de arrozales.
Llegamos a Osaka, y como buenos turistas que somos fuimos a un edificio donde las primeras 8 plantas eran solo de electrónica. Al final no caímos en la trampa de comprar nada, y acabamos en novena planta que estaba dedicada a la restauración. Optamos por un restaurante de katsu, fritos de empanados con panko.
Lo habitual es que con tu filete empanado te pongan col rallada con algún aderezo cítrico. Arroz cocido, gohan. Sopa miso, tsukemono y alguna salsa. También nos pusieron un chawabushi, que es como un flan salado.
Cuando te metes en la boca el corte de carne empanada, de repente, es como si se derritiese, pero notando la textura crujiente del panko. Usan una técnica alucinante. Primero cortan láminas muy finas de una pieza de lomo de cerdo y luego las juntan dándole forma de un filete de un dedo de grosor. Empanan y a freír. El resultado es que te estás comiendo la carne más tierna del mundo. Súper bueno.






A la mañana siguiente tras unas horitas de coche, como no, nos acercamos a una planta donde tenían una máquina de cocer arroz de 150 kg/hora con la cual pudimos hacer varias pruebas con nuestro arroz y nuestra mezcla de vinagre. La perfección existe. Jugamos toda la mañana a hacer arroces y en vez de comer nos fuimos a ver una fábrica de vinagre de arroz. Alucinante. Además, nos hizo de guía y de chofer el japonés más simpático de todo el país.
Después de ver la planta y de la pertinente tertulia tras la visita, el japonés atómico nos llevó a una tienda de cuchillos súper exclusivos. La verdad es que la tienda era mágica, para un cocinero claro.
Según traspasabas la puerta accedías a un pasillo donde te flanqueaban a ambos lados unas vitrinas acristaladas del suelo al techo llena de diferentes cuchillos y con una iluminación que resaltaba el trabajo de artesano. Al final del pasillo una escena típica japonesa, jardín japonés y flores formando una composición muy de extremo oriente, para presentar un cuchillo de ronqueo y un soporte, con lo que parecían cuatro Wakizashi. La espada corta del samurái con la que practicaban el seppuku antes del periodo Edo.

Después del pasillo de las maravillas entrabas a una sala con el mismo estilo. Todas las paredes eran vitrinas de exposición con un gusto exquisito y todo tipo de cuchillos. Una locura impresionante. Los precios estaban acordes con la exclusividad del producto y por si nos volvíamos locos, teníamos la suerte de tener claro que no queríamos facturar en los vuelos de vuelta con lo cual no podíamos comprar ningún cuchillo.



Tras comprarnos algunas cositas nuestro compi japonés nos llevó al hotel. Poco después de dejarnos, nos comunicó que le había contado a su jefe la pequeña tertulia que tuvimos tras la visita a la fábrica de vinagre y que nos invitaban a cenar. Súper.
Ducha rápida y ya estábamos de camino al restaurante andando, por fin, sin tener que coger ningún transporte. ¡¡Cuantísimas horas de culo se echan en estos viajes!!
Empezamos con una ensalada de tofu blando, horror, con diferentes chips que atacamos sin piedad, ya que no habíamos comido. Seguimos con Usuzukuri de pechuga de pollo, cebolleta y ponzu. Dados de salmón curado, marcado solamente por la piel con aceite de sésamo y su soja con daikon oroshi, rallado.
Tosta de gambas. Tori no karaage con su col y unas ostras fritas. También nos trajeron unos langostinos rebozados agridulces que salteaban, después de freírlos, con mayonesa kewpie. La mayonesa desaparece por la temperatura, pero en el rebozado se queda un sabor agridulce súper finolis.
Para terminar, nos acercaron un arroz con cangrejo, vieiras mini y edamame que estaba especialmente bueno. Y Acabamos con unos cortes de lomo de vaca con kizami wasabi y una cabeza de ajos asada cortada por la parte de la punta para que puedas cogerlos con los palillos y untarlo en la carne. Los japoneses son unos locos del ajo, me encanta.









A estas alturas de la cena la cosa se estaba complicando porque, a mitad del menú, descubrimos que estábamos en una barra libre de bebidas además de la cena. Las cosas se pedían con una tablet y cuando nos enteramos de la situación en la que estábamos nos apropiamos de ella y empezamos a pedir la bebida nosotros. Muchas cervezas, mucho sake, mucho kam pai incluso chupitos de whisky. Nosotros cada vez más borrachos y los japoneses cada vez más rojos, nos llevó sin dudar a tomar la decisión más acertada, karaoke.
Los señores del vinagre fueron cautos y se bajaron de la burra. Pero la situación estaba como empiezan los buenos chistes. Cinco españoles, dos polacos y un japonés se encuentran borrachos en un karaoke....
Nada más pagar para entrar en el karaoke nos dimos cuenta de que estábamos en otra barra libre de bebida. Demasiado para un español, dos barras libres en una noche.
Nos metieron en una sala, justita para los ocho que íbamos. Con sus bancos corridos, sus pantallas y dos micrófonos. Como yo solo había estado en otro karaoke, en Chengdu, y solo bebimos nadie cantó. Pensé que aquí podía pasar lo mismo. Nada más lejos de la realidad. Nos aferrábamos al micrófono como si fuera la copa de campeones del mundo. La tablet echaba humo. Los camareros no se lo podían creer, de hecho, por momentos no querían servirnos más bebidas. Hubo un momento en que nuestro querido Yamada apareció con unas maracas y una pandereta. El tío era un profesional que, además, sabía tocarlas. Llego un momento, que nos pilló por sorpresa, en el que no querían servirnos más. Menos mal. Con toda esta locura de barras libres y cena en mesa con agujero debajo solo era la una de la noche.

Cinco horas después y con una cruda mejicana, comenzaba nuestro último día en el país del sol naciente. Un par de horitas de coche y vuelta a jugar con el túnel de arroz. El día anterior habíamos hecho distintas pruebas con nuestro arroz y nuestra mezcla de vinagre. Más cocinado o menos, con más vinagre o menos, pero siempre cantidades pequeñas. Ese día íbamos a ver la máquina a pleno rendimiento. El primer día, al ser elaboraciones de 10 kg, en la cinta transportadora del túnel de cocción se formaba una capa de arroz de entre 5 y 10 cm de altura. A pleno rendimiento se formaba una capa de arroz de 25 cm. ¿Se cocinaría todo por igual? ¿Se mezclaría bien con el vinagre de sushi? ¡¡Absolutamente perfecto!!
De vuelta a Osaka fuimos a comernos un gyūdon. Bol de arroz con ternera cocinada con salsa de soja, sake, mirim y jengibre. Normalmente acompañado de una sopa miso. Tuvimos mucha suerte porque fuimos a parar a un restaurante, por llamarlo de alguna manera, que tenía una sala para rezar después de comer. Yo soy más de echarme la siesta.



Un paseo por la zona comercial de Osaka. Un centro comercial subterráneo con un pasillo con reproducciones de obras maestras de pintores europeos. Y un par de kimonos después cogimos el taxi hacia el aeropuerto.
Con el sol poniente nos despedíamos, con una extraña paz, de este país donde la agricultura marca claramente el paisaje y sus gentes te ofrecen un agridulce de locura y serenidad que no te dejara indiferente.



Gran Bretaña y el meal deal.
Ese año asesoraba un restaurante en Londres y con el gusanillo de lo británico decidimos realizar el viaje en el tiempo y el espacio que llevamos años imaginando.

Bath. los romanos y la salchicha perfecta.
EN CONSTRUCCIÓN…





Bristol, bansky y el primer barco de metal.
EN CONSTRUCCIÓN…



Cardiff. Romanos, normandos y la Segunda Guerra Mundial.
EN CONSTRUCCIÓN…





Un día en Liverpool. The Beatles.
EN CONSTRUCCIÓN…



Edimburgo, Rosslyn chapel y el muro de Adriano.
EN CONSTRUCCIÓN…





Las abadías parecían consumidas por las llamas del infierno.
EN CONSTRUCCIÓN…



Bristol, Glasgow, sus museos y Dalí.
EN CONSTRUCCIÓN…



















